
Apostar y perder, así de simple.
Dicen que a ella le había sucedido, nadie supo cuando ni con quién había perdido.
Ella, la chica que nunca apostaba, cambió por ser la chica que cada día apostaba un poquito más y al final, tal vez por su inocencia, había perdido. Esa derrota se llevaba muchas cosas, pero dejaba una, la peor.
Promesas y juramentos que había formulado con ella misma no sirvieron de nada. Su contrincante se los había llevado por delante, arrastrándolos hacia un mar muerto.
Tal vez ella creyéra que su rival se lo había jugado todo, como ella misma. Había dejado sus promesas, sus pensamientos, sus principios, sus valores, sus teorias, sus medios y lo que le costó más, reconocer esa apuesta.
Y él al final, con ese as que se guardaba, el mapa de su alma, acabó con la partida.
Ese juego había la había dejado rota, cambiada, extraña, tonta.. Nunca más se supo de ella, ella y su alma habían desaparecido.
¿Rendirse? Si. Porque no siempre, pero si a veces, es la mejor solución.
· Un texto raro... para una tarde de reflexión rara.
Helena.



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