
En la esquina de ese café parisino, la bicicleta esperaba impacientemente a Julie, su dueña. Dentro del café, Paul, el pianista, tocaba esa melodía que tanto le gustaba a ella. Una melodía, sencilla,acogedora y romantica. Julie se sentaba a su lado, como cada tarde y le escuchaba tocar. Ella solo miraba, se perdía en esas manos fuertes pero a la vez elegantes, unos dedos largos y finos que acaribian las teclas como si fueran de cristal.Cuando acababa de tocar, Julie cogía su abrigo negro y su bufanda y salía de ese café, cogía su bicicleta y paseaba por calles donde reinaba el silencio, donde le invadia la tranquilidad y donde solo podía escuchar el suave sonido de la corriente del canal Saint Martin.